La salud como obligación
Inadvertida por las páginas de los diarios de las últimas semanas pasó la noticia de que el gobierno porteño impulsaría una reforma a la Ley 1799 con el objeto de prohibir en forma absoluta el consumo de cigarrillos en bares, restaurantes y otros lugares públicos.
Siguiendo el camino inaugurado hace unos años con la normativa antitabaco que restringió severamente la posibilidad de fumar en lugares públicos e impuso la construcción de los "corralitos" para fumadores en comederos, confiterías y otros tipos de boliches, se intenta avanzar un poco más en la cruzada por la salud (forzada) de todos los porteños.
La excusa, como siempre, es políticamente correcta: la "salud pública". Se dice, invocando supuestos estudios científicos, que la prohibición contribuirá a mejorar la calidad de vida de los no fumadores, los trabajadores gastronómicos y hasta los propios consumidores compulsivos de tabaco, que gracias al paternalismo estatal podrán abandonar su horrible vicio.
Aclaro, por si las dudas, que estoy convencido de que el cigarrillo es malo, muy malo, para la salud. De hecho, jamás he fumado, en parte por la impresión que me causó de purrete la muerte de un familiar bastante cercano como consecuencia de un cáncer de pulmón.
Tampoco cuestiono que la salud es un derecho, pero remarco precisamente ese carácter: el de "derecho" y no de "obligación".
Nadie puede obligarnos a poner como prioridad en nuestra vida la salud por sobre todas las cosas. Hay quien puede valorar otros bienes por encima de llegar sano a la jubileta, como por ejemplo el placer de fumarse un buen puro, comerse de vez en cuando una fugazzeta de "La Mezzetta" o tomarse media botella de Chivas Regal, entre otros hábitos incompatibles con una vida saludable. Pretender que la salud debe primar ante todo es, en su forma más leve, un paternalismo inaceptable en una sociedad libre y pluralista y, a medida que se cae por la "pendiente resbalosa", liso y llano totalitarismo.
Por otro lado, es falso que la guerra contra el tabaco esté vinculada únicamente con la defensa de la salud de no fumadores, trabajadores gastronómicos y viciosos empedernidos. Muchas actividades afectan la salud respiratoria de fumadores y no fumadores sin que reciban la misma persecución que el consumo de tabaco: practicamente no tengo dudas de que pararse durante dos horas a respirar el "aire puro" de la esquina de Cabildo y Juramento, o los agradables vapores que emanan de las refinerías de Dock Sud, es infinitamente más perjudicial para la salud que pasar una velada rodeado de fumadores. Sin embargo a nadie se le ocurre prohibir la circulación de colectivos ni la refinación de petróleo. Claro... el motor de combustión o la industria petroquímica son indispensables para la vida moderna tal como la conocemos, en tanto que el tabaco sólo produce placer en el fumador (¿la cruzada contra el cigarrillo será también una cruzada contra el placer hedonista?).
El argumento de la protección de la salud de mozos, adicionistas y otros afiliados al sindicato de los gastronómicos tampoco resiste el menor análisis. Es probable que trabajar en un ambiente con humo de cigarrillo afecte la salud de los trabajadores (ignoro en qué medida exacta, y no se hasta que punto existen estudios científicos serios que puedan determinarlo) pero: 1) nadie está obligado a trabajar en un ambiente insalubre, el que no guste del humo puede buscarse otro trabajo; y 2) existen actividades laborales infinitamente más insalubres, como la minería, la industria química o el control aéreo y no he visto hasta el momento voces demasiado indignadas reclamando su prohibición.
En definitiva, nadie está obligado a llevar una vida saludable en contra de su voluntad y, de hecho, constantemente resignamos porciones de nuestra salud para acceder a bienes que valoramos más, como los viajes en auto, la energía eléctrica o un reloj de oro. Dudo que gobierno alguno esté habilitado para decirme que debo resignar la integridad de mis pulmones para que mi vecino viaje en colectivo, pero no para compartir una cena en un restaurant con un amigo fumador, tiempo que me resulta infinitamente valioso que los pocos segundos de vida que eventualmente podría estar estadísticamente perdiendo.
Los derechos y la proporcionalidad
Convengamos una cosa: la prohibición de fumar en lugares públicos es una forma de restricción al derecho de propiedad y de ejercer libremente el comercio de los empresarios gastronómicos, y al derecho a desenvolver libremente su plan de vida de los fumadores.
La pregunta es: ¿realmente se justifica semejante restricción a esos derechos?
Aclaremos que no se trata de derechos de jerarquía menor: explícita o implícitamente, están reconocidos en los arts. 14, 17 y 19 de nuestra Constitución.
Alguien me vendrá con la consabida cantinela de que ningún derecho es absoluto, y que siempre están sujetos a las formas en que la ley reglamente su ejercicio.
A esa perorata tan vacía de repetirla como un mantra sin analizarla replico: el propio artículo 28 de la Constitución aclara que los derechos no pueden ser alterados por las leyes que reglamenten su ejercicio, por lo que toda norma que limite el ejercicio de un derecho debe ser interpretada con carácter restrictivo y, para ser constitucionalmente válida, superar el test de razonabilidad.
En nuestro caso, la prohibición total de fumar en lugares públicos, para ser constitucionalmente válida, debería demostrar que es la vía menos lesiva de la libertad de comercio y de la libertad de los fumadores de desarrollar su plan de vida, de entre todas aquellas posibles formas de proteger el derecho a la salud de los no fumadores. Lo que se impone, en último instancia, es comparar el peso relativo de los derechos en juego. Pero no del derecho a comercial y el derecho "a la salud" en un plano abstracto, sino de la concreta afectación de esos derechos en la situación concreta que se pretende regular.
Pues bien, no creo que la prohibición propuesta pueda superar ese test de razonabilidad. La prohibición de fumar implica una grave restricción al derecho de los propietarios de locales gastronómicos de disponer libremente de su propiedad y ejercer un comercio lícito y, lo que es peor, avanza en la restricción del derecho de los fumadores a elegir libremente su plan de vida, así como en su estigmatización como personas enfermas. En una sociedad libre y pluralista no creo que pueda considerarse enferma a una persona por no priorizar su salud ante otros placeres, pero la avanzada del fascismo saludable hace rato que logro imponer esa caracterización a los consumidores de drogas y de a poco lo está logrando con los fumadores.
Del otro lado debo decir que el daño a la salud que pasar unas horas a la semana en un bar lleno de humo puede causar al no fumador es mucho menor a lo que nos hacen creer los cruzados antitabaco, y puede evitarse simplemente no concurriendo a ese tipo de establecimientos. El "terrorismo" antitabaco impone la idea de que humo de cigarrillo es malo al punto que, prácticamente, pareciera que causa la muerte instantánea de quien lo aspira. Pero ello no es así, nadie se muere súbitamente por inhalar un poco de humo de cigarrillo. El daño a la salud es gradual, y lamentablemente nadie se ha molestado en cuantificarlo con precisión. Supongamos que yo paso dos horas a la semana en un café rodeado de fumadores. A lo largo de diez años, ¿cuanto tiempo de vida he perdido? ¿Alguien puede decirme a ciencia cierta si he perdido un año de esperanza de vida, diez minutos o tres meses? ¿Alguien puede decirme, además, que no es más valioso para mi pasar dos horas por semana compartiendo la vida con un amigo o una novia fumadora, que estirar dos años mi longevidad privándome de esa grata compañía?
En conclusión, no creo que pueda establecerse a ciencia cierta que los beneficios que se obtienen de prohibir totalmente el consumo de tabaco en lugares públicos sean superiores a los beneficios de permitir aunque más no sea pequeños espacios para fumadores. En la vida la salud no es lo único que cuenta, y los fundamentalistas de la vida saludable parecen no tener en cuenta que el placer, la amistad, la calma de espíritu, el ocio y la libertad son también condiciones importantes para que un individuo pueda decir que ha vivido una vida digna. Por ello, ante la duda, creo que debería estarse a la solución que implica una restricción menos evidente de derechos constitucionalmente tutelados.
Una nueva forma de totalitarismo
Mi impresión es que todas las modernas formas de justificar restricciones a la libertad individual no son más que transformaciones camaleónicas de viejos totalitarismos, del temor a lo distinto, de la búsqueda de sociedades uniformes y controladas.
Lo que antes se proclamaba en nombre de la patria, la raza o la religión, ahora se busca solapadamente a través de consignas "políticamente correctas" como la salud, la ecología o la igualdad.
El caso concreto de la guerra contra el tabaco es la guerra de una nueva forma de moral puritana en contra del placer. Lo que molesta del fumador no es que dañe su salud, sino que lo haga simplemente por placer. Si en lugar de reventarse los pulmones con el cigarrillo lo hiciera trabajando en una mina, nadie lo cuestionaría. Que alguien dañe intencionalmente su salud por mero gozo de los sentidos es algo que la moral del neototalitarismo no puede entender. Y no lo puede entender porque esta moral no concibe al ser humano como un ser libre para hacer lo que guste de su vida, sino como un engranaje al servicio de una máquina, la sociedad, que aspira a fines supuestamente superiores. El fumador es un "distinto", un "desviado", un "rebelde" que escapa a los cánones de lo que se supone correcto y que por ende debe ser temido y combatido.
No es casual que la cruzada en contra del tabaco y las drogas sea contemporánea a una obsesión por el igualitarismo que ha llevado hasta a combatir las distinciones de género en el lenguaje (llevando , por ejemplo, al uso ridículo de expresiones como "estimad@s" en lugar del viejo y castizo "estimados/as") o imponer todo tipo de leyes que tienden a la uniformización de la sociedad en todos sus aspectos, y a un fundamentalismo ecologista que busca las más variadas excusas para oponerse a toda forma de progreso tecnológico. Pienso que vivimos en épocas donde la libertad es mirada con profunda desconfianza, en las cuales se busca la uniformidad total, la eliminación del disenso, el conformismo del discurso único y la disolución de la individualidad.
Por más que lo disfracen de protección a la salud, al medio ambiente o la felicidad humana, eso en todas las épocas se ha llamado totalitarismo.
Fuente: http://diegogoldman.blogspot.com.



